Hace poco más de un año, el 10 de enero de 2020, el virólogo chino Yong-Zhen Zhang compartió en internet la secuencia genética del nuevo coronavirus que aterrorizaba a los ciudadanos de Wuhan.

Aquel día empezó una carrera frenética para intentar evitar millones de muertes en el mundo. Tres días después, los Institutos Nacionales de la Salud (NIH) de EE. UU. y la empresa estadounidense Moderna ya habían diseñado una vacuna experimental. El 16 de marzo se la inyectaron a la primera persona voluntaria. Hoy hay más de 50 millones de personas vacunadas en el mundo con esta y otras vacunas ya autorizadas. El proyecto de tener una vacuna española, en comparación, parece una película a cámara lenta.

El Ministerio de Ciencia ha anunciado que el candidato vacuna español más adelantado ha mostrado “una eficacia del 100%” en sus primeras pruebas en animales, tras un ensayo con 22 ratones modificados genéticamente para ser susceptibles al coronavirus.

Los dos responsables de esta vacuna experimental, Mariano Esteban y Juan García Arriaza, relatan la carrera de obstáculos a la que se están enfrentando: precariedad laboral extrema, un presupuesto exiguo, escasez de fábricas de vacunas humanas e incluso falta de animales de experimentación.

“Tenemos que ponernos las pilas para que el día de mañana, cuando venga una nueva pandemia, tengamos todo puesto a punto y no dependamos de otros”, alerta García Arriaza, del Centro Nacional de Biotecnología (CSIC), en Madrid.

Con información de El País

 

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