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El español jugará la final mañana después clausurar una racha de siete derrotas consecutivas contra el serbio por 6-2 y 6-4.

El mensaje resonó por los pasillos de la Caja Mágica, después de que Nadal arrollara a Novak Djokovic, al que no se medía desde hace exactamente un año en la semifinal de Roma, por 6-2 y 6-4 en 1h:38.

El español gritó a los cuatro vientos que quiere su tercer torneo seguido tras Montecarlo y Barcelona, su título 52 en arcilla, el 72 en la cuenta general, el 30 en Masters 1.000… Y, sobre todo, con Andy Murray diluido, el serbio desorientado y Roger Federer reservándose para la hierba, el décimo Roland Garros (desde el 29 de mayo). Este domingo, a las 18:00 horas (La1), tendrá que dar su último paso, frente al ganador del Dominic Thiem-Pablo Cuevas (21:30, TDP), para conquistar su quinto título en el Mutua Madrid Open y para redondear una semana de ensueño.

“Perfecto”. Así definió Toni Nadal, con Carlos Moyá al lado, el primer set de su sobrino. En el palco del número dos del mundo, sólo su hermano Marko y el gurú espiritual Pepe Imaz. Dos imágenes definitorias también. Las de un ex número uno que quiere volver a serlo con 31 años (el lunes será cuarto si es campeón, adelantando a Federer) y para ello ha dado un impulso a su equipo. Y el de otro, desnortado y que ha roto con todo su entorno.

Venía Nadal de perder los últimos siete duelos con el serbio (tres en tierra, y sin arrebatarle un set) y clausuró la racha con una exhibición. En la primera manga arrancó como un huracán (3-0), y acabó ganando 32 puntos por sólo 12 del de Belgrado, que marcó un pobre 56% de puntos ganados con primer saque y un 22% con segundos. Imposible dominar así a Nadal, desatado, con chispa en sus piernas y dinamita en sus tiros.

Djokovic no jugó los cuartos, por retirada de Kei Nishikori, pero eso no le dio un plus. La diferencia ahora entre Nadal y el balcánico está en el hambre. En la ambición. En una balanza, el desequilibrio sería notable. Cristiano Ronaldo, en la grada, ponía cara de asombro. El que producían los drives que despedía la raqueta del de Manacor.


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